El olor es un vector de comensalidad para una sociedad dañada por un individualismo desencantado, pero también puede provocar distanciamiento social. Aquí es donde entra en juego la fragancia. Al sublimar lo orgánico y el temor que suscita, la fragancia puede mejorar las relaciones humanas evitando la sugestión en las relaciones sociales.
La fragancia también puede revelar la intimidad de la persona, pero es importante destacar que la fragancia es un producto artificial y objetivo que pretende tener un uso subjetivo, es decir, la seducción de uno mismo y de los demás.
En resumen, la fragancia tiene una misión tanto ontológica como social. Compensa la función antisocial del olor convirtiendo el descrédito asociado a la olfacción y al olor. Calienta e ilumina como la parusía de la esencia misma de la persona, induciendo una negación de la fisiología.
En nuestra sociedad actual, la evolución de las costumbres impone un mayor disgusto por los efluvios orgánicos. Una hipersensibilidad compensa la probable disminución de nuestra agudeza sensorial, y los avances en la desodorización están lejos de satisfacer nuestras exigencias sensoriales alarmadas por la creciente contaminación. Por eso, la aromaterapia, que está experimentando un resurgimiento, así como la desodorización de espacios públicos y tiendas, son cada vez más populares.
Finalmente, la fragancia desempeña un papel sociológico en la realización de una síntesis particular de la teleología individual egoísta y la social. La estilización, ya no contemplada, sino inhalada, ejerce una influencia más profunda y más inmediata, como lo demuestra una segunda forma de dialéctica entre distancia y proximidad. La fragancia convierte el descrédito asociado a la olfacción y al olor, permitiendo así crear una ilusión de intimidad y limpieza, contribuyendo así a mejorar las relaciones humanas.